Reflexiones en torno de la película El erizo[1]     Por Nicolás Lobos

 “Debajo de un árbol, frente a la casa, veíase una mesa y sentados a ella, la muerte y la niña tomaban el té”. Alejandra Pizarnik                           

Paloma  va a cumplir doce años y ya es ferozmente consciente de lo absurdo de la vida y de la vacuidad del mundo burgués. Sus padres, y la acomodada fauna adulta que la rodea, habitan –según su opinión- en peceras. Sus vidas tienen una gran similitud con la del pececito Hubert, propiedad de su hermana Colombe.

La pecera podría ser definida como un espacio de reclusión, protección y exposición a la vez. Señala esa limitada, pequeña, encapsulada existencia burguesa, que es -al mismo tiempo- segura, aislada, e interminablemente expuesta a la mirada -y al control- de los demás. Esa existencia tensionada por todo tipo de mandatos, modelos y arquetipos sociales horroriza a la niña. Qué es ser una buena madre, qué es ser una buena hija, qué es ser una buena portera, qué es ser una persona rica políticamente correcta…. Paloma no se resigna a aceptar esa existencia compelida a cumplir el destino “que está escrito en la frente” –como gusta decir-. Lo inevitable y previsible, seguro y asegurado, repetitivo y aburrido de la existencia que hace sentido… común. “Sé que el destino final es la pecera -dice Paloma- pero lo que es cierto es que a la pecera no voy a ir”. La pequeña decide suicidarse el día de su cumpleaños. Pero mientras tanto –restan 165 días- va a filmar ese mundo con su pequeña cámara para dejar documentado lo absurdo de la existencia…. la de ella, la de todos.

Renée es la portera de la lujosa residencia donde vive la niña y su familia. Ella habita… -no digamos una pecera- más bien su negativo: una cueva. Renée tiene un escondite perfecto. Tras la fachada de una encargada de edificio -fea, rechoncha, hosca y amargada- se esconde una delicada sensibilidad apasionada por la literatura, el pensamiento, la pintura, el cine y la música. Renée ha armado en el dormitorio de su diminuto apartamento proletario una fabulosa biblioteca donde pasa horas y horas mientras deja prendida la televisión en la sala para despistar a los vecinos. No quiere que nadie ni siquiera la imagine. Cultiva el bajo perfil extremo. Se esfuerza en la discreción y en producir su propia insignificancia con la minuciosidad de un orfebre. En el momento en que Paloma entra por primera vez a la sala de Renée descubre sobre la mesa un libro llamado Elogio de la sombra, ¡toda una declaración de principios! Renée tiene la elegancia del erizo, refiere la niña en un momento: “Por fuera está cubierta de espinas, es una auténtica fortaleza. Pero pienso que por dentro es tan refinada como ese animal engañosamente indolente, tremendamente solitario y terriblemente elegante”.

Paloma se esconde –también- todo el tiempo. Al comienzo de la película está filmándose a sí misma en la oscuridad de su cuarto a la luz de una linterna. Tiene varios escondites, pero su cuarto, donde gira su pequeño universo, es su preferido. Allí dibuja, piensa, lee y prepara sigilosa y puntualmente el momento de su muerte.

La pecera y la cueva son –podríamos arriesgar- simétricos y opuestos. Los dos igualmente limitados, cerrados, protegidos tienen sin embargo potencialidades y tensiones diferentes. La pecera es vidriera, exposición y espectáculo mientras que la cueva es escondite, intimidad y silencio. La cueva es, de alguna manera, el negativo de la pecera dado que es -si se nos permite el oxímoron- una pecera que se oculta a la mirada. En la pecera -al estar expuesto permanentemente a la mirada- se deben cumplir perentoriamente con los mandatos y estereotipos sociales. En el escondite -digamos por el momento- se puede desplegar el deseo. En su cueva Paloma hace sus planes, traza sus dibujos y escribe sus máximas filosóficas. En la suya Renée lee incansablemente, escucha Mozart y disfruta sus películas japonesas de culto. Pero el escondite no deja de ser una cárcel, por cierto, o casi: todo lo que te protege también te aparta de la vida. El escondite tanto como la pecera son buenos lugares para que la vida no te alcance. Buenos espacios de inmunización donde lo extraño, lo diferente, lo conflictivo, lo contradictorio, lo antagónico, lo excesivo, lo violento, lo que corrompe o transforma no tiene lugar. Espacios donde todo lo exterior que te puede contagiar o alterar permanece detenido en la frontera. Las peceras y las cuevas se multiplican en nuestro mundo contemporáneo. Se trata de conjurar y exorcizar todo el mal exterior. Perfecto, ¡un gran logro! ahora resta decidir qué hacemos con el mal interior. El gran problema de las peceras y de las cuevas son los propios desechos, el propio detritus. En un momento Paloma señala que el pececito Hubert tiene escapadas semanales al fregadero para que la empleada cambie el agua del habitáculo y el animalito no se intoxique con sus residuos. ¿De la misma manera la madre de Paloma asiste semanalmente a sus sesiones con el psicoanalista? ¿Es una estrategia para mantener la homeostasis en la cajita de vidrio? ¿Es el psicoanálisis una forma de tratamiento del detritus, un sistema de desagüe cloacal de la vida burguesa?

La película contiene una crítica interesante al psicoanálisis. La madre de Paloma lleva una década analizándose, consumiendo ansiolíticos, amando el champán y hablándole a las plantas tres horas por día. La niña denuncia frente al padre el vínculo que puede haber entre esas prácticas: análisis, ansiolíticos, hablar con las plantas, una vida vacía… ¿Hay algo del análisis que no funciona? ¿O hay un cierto funcionamiento del análisis que sostiene esa situación? Paloma remata la discusión con una frase lapidaria: “El psicoanálisis compite con la religión por el amor de los sufrimientos que perduran”.

Veamos qué hay aquí. En algún sentido el psicoanálisis es lo opuesto a la religión, su convicción desidealizadora suele estar fuera de discusión. Es ya un lugar común decir que en el diván del psicoanalista se apaciguan las culpas, se pacifican las pasiones y se desinflan los ideales. Sin embargo ¡qué tendencia pronunciada la de las instituciones psicoanalíticas a comportarse como capillas!, ¡qué costumbre la de hablar “en el nombre del Padre!”. Cualquier psicoanalista novel –y no tanto- podría decir “yo ya no creo en dios, ahora creo en Lacan”. En realidad, podríamos arriesgarnos a pensar que no se trata de creer en dios o en Lacan sino de… no creer. O en todo caso… ¡de no creérselas tanto! Pero esto es algo que no todos los psicoanalistas están en condiciones de hacer. Y aclaremos que no creer no significa no leer. No sería para nada de mal gusto encontrar en el frontispicio de una institución psicoanalítica una frase al estilo de: “Leemos a Lacan porque no creemos en él”.

Dado que Paloma empareja en cierto sentido la religión con el psicoanálisis recordemos la definición lacaniana de religión: “La religión fue pensada para curar a los hombres, es decir, para que no se den cuenta de lo que no anda” (Lacan, 2005: 86). Maravillosa sentencia, sin olvidar, claro, aquella de Marx: “la religión es el opio de los pueblos”.

“Lo que no anda…”; tratemos de dibujar el horizonte de compresión de esta expresión. En la pecera las cosas andan, en la cueva -a su manera- también. Ambas son parte del mundo. El problema es lo in-mundo. “Lo que anda es el mundo, lo real es lo que no anda” (Lacan, 2005: 76) y el análisis trataría de tocar algo de lo real. Con lo real el psicoanálisis quiere nombrar el sin-sentido, la angustia, el trauma, lo siniestro, lo Umheimlich, las pulsiones ciegas que desbordan todo esfuerzo de comprensión, la locura, la perversión, el vacío, lo desplazado, lo negado de lo simbólico, lo que no tiene lugar en “este mundo” (que no debemos olvidar es un “cierto mundo”).

Sin embargo eso siniestro, esas pulsiones, esa angustia, esa locura, esa perversión no son “lo otro” de lo humano. Son dificultades, características. Dificultades graves sin duda, gravísimas a veces, pero dificultades al fin. Son características difíciles de llevar ¡tantas veces!, muy pesadas algunas, pero no son “del otro mundo”, no son el abismo final, no son “el infierno tan temido”.

Por otro lado “lo que no anda” no sólo se manifiesta en forma de angustia, desborde o locura individual. Lo que no anda es también la exclusión, la segregación, el racismo, la pobreza, la dominación, la explotación. Lo que no anda, lo expulsado de “este mundo”, lo in-mundo (para la sensibilidad burguesa) es también una multitud de voces disonantes, de diferencias “peligrosas”, de contradicciones enojosas que preferimos no ver. Lo que no anda es lo que el cerco ideológico burgués ha dejado afuera, lo que la frontera de la controlada crueldad y la resbaladiza tolerancia moderna ha excluido y mantenido lejos de “lo pensable”, lo imaginable, lo deseable. Lo que no anda es también la clausura de alternativas a una vida consumida en el consumo comandado, esa vida típicamente contemporánea.

Si la religión opera para “no darse cuenta de lo que no anda”, ¿no opera el psicoanálisis, a veces, en la misma dirección? Si consideramos ese horizonte de comprensión ampliado de lo real que esbozamos más arriba, nos preguntamos ¿tratan siempre los psicoanalistas de tocar algo de lo real? ¿No es el análisis tantas veces útil para “no darse cuenta de lo que no anda”? ¿No es el psicoanálisis una práctica que al mirar cierto aspecto que no anda, desconoce otros que tampoco andan? ¿No es tantas veces característica su negación de lo político o de la lucha ideológica? ¿No acordaríamos que muchos psicoanalistas están notablemente sumergidos -sin percibirlo- en ideologías burguesas, machistas, neoliberales aún cuando intervienen como analistas? ¿No funciona tantas veces la visita al consultorio como las visitas semanales de Hubert al fregadero: para cambiar el agua y que el pececito no se intoxique con sus propios desechos? Limpiar el recipiente no es poco -sin duda- pero parece haber una distancia notable, aún, con “tocar algo de lo real”.

Si la modernidad se ha caracterizado por la racionalidad instrumental y por el individualismo atomístico, el psicoanálisis se ha encargado de apuntar dardos filosos y certeros contra la racionalidad instrumental –sin duda- pero no de la misma manera contra el individualismo burgués.

Uno podría detenerse saboreando la idea de que la clave de la película es la vindicación del arte (la biblioteca, el cine, la literatura). De que la salida es la belleza en tanto puerta hacia el amor. Sin embargo habría que dar un paso más. Podríamos arriesgar la hipótesis de que es más bien la relación entre el adentro y el afuera lo importante en este film (y consecuentemente en la novela de Barbery). Si la pecera y la cueva están definidos por un adentro y un afuera, creemos no traicionar el espíritu de la obra si decimos que lo importante en su planteo es problematizar la existencia misma del adentro y del afuera, cuestionar la existencia originaria del individuo y “su entorno”, de la persona y “sus” dificultades. Es la centralidad del individuo burgués lo cuestionado. Si esto es así, tal vez ya no se trate de esforzarse por estar lo más cómodo posible adentro (incluyendo la limpieza semanal de la pecera) sino de salir de la cápsula y del paradigma del individuo. Esta orientación implica, entre otras cosas, entender que el inconsciente no es lo que está en nuestra más íntima profundidad, sino –por el contrario- lo más exterior. ¡Es lo éxtimo!, afirmarían los psicoanalistas con razón. Estamos de acuerdo con ellos, es la relación de banda de Moebius entre el exterior y el interior lo que hay que pensar, pero en el planteo que estamos desarrollando aquí importa enfatizar “el exterior”. Hay que decirlo para que se escuche: el inconsciente está afuera. Este fantasma del “mundo interno”, de “mi inconsciente” es algo que hay que –al menos- rodear.

Se tiene que tener fe en el individuo burgués para creer que “cada uno tiene un inconsciente” y que el inconsciente es propiedad privada del individuo. En realidad nadie tiene un inconsciente; en todo caso somos tenidos por él. El inconsciente es eso que todos ven, menos –obviamente- uno/una mismo. Es entonces la existencia misma del afuera y del adentro lo que hay que problematizar y Hubert, en su pecera, se convierte, desde esta perspectiva, en el protagonista de la historia. Hacia el final de la película el pececito muere, y entonces va a parar –desechado- al inodoro de Paloma y, como en la banda de Moebius, reaparece en otro inodoro, en la planta baja, en lo de Renée, vivo y renacido. No hay adentro ni hay afuera allí. Pasamos de la vida a la muerte y de la muerte a la vida, de inodoro rico a inodoro pobre, y de allí de vuelta a manos de Paloma. Renée -que empieza a contarnos su historia frente a la cámara al comienzo de la película- después de muerta sigue contándonos sus sutiles y bellos pensamientos frente a una docena de ojos que la miran muerta. Renée estaba saliendo de la pecera y del escondite, estaba disponiéndose a amar. “Lo importante no es cuándo morimos –dice Paloma-, lo importante no es si antes o después sino lo que estamos haciendo en el momento en que nos encuentra la muerte”. Esta muerte de Renée de alguna manera le salva la vida a la niña.

Al comienzo de la película Paloma dice que la alternativa está “entre la pecera y perseguir las estrellas”. El espectador del film acordará que podemos pensar este “perseguir las estrellas” como una metáfora de amar y también de producir arte, sin duda. Encontrar en el arte la salida al sinsentido de la vida no es ajeno al horizonte de comprensión común psicoanalítico. Sin embargo es sintomático que no se perciba tan frecuentemente en los círculos “psi” a lo político como una alternativa. Es sintomático que muchos psicoanalistas no tengan como horizonte de sentido a lo político al mismo nivel, por lo menos, que al arte. ¿Será que para muchos de ellos lo político es el espacio propio de espíritus interesados, manipuladores y demagógicos? ¿Será que es percibido como el germen de las pasiones plebeyas irracionales que desembocan en los totalitarismos? Obviamente que pueden, también, no equivocarse. Pero lo político, como el amor, el arte o el inconsciente nos atraviesa y nos constituye. No somos individuos que hacemos o no hacemos política; lo político nos hace en tanto individuos que creemos hacer una u otra cosa. O en palabras de un psicoanalista que sí está al tanto: “La política (es) el lugar constituyente de la experiencia del sujeto en su devenir hablante, sexuado y mortal” (Alemán, 2012: 8).

Podríamos definir un fin de análisis como el proceso donde nos ponemos –parcialmente- al corriente de que lo inconsciente nos preexiste y nos constituye. De que somos minúsculos atolones de conciencia en un océano de inconsciente. Estar al tanto de esto y hacer algo con ello es la meta del trabajo analítico. De una manera semejante tenemos que saber que todo orden vital es político, todo orden vital es ideológico y en tanto tal nos constituye. El desafío es tomar en lo posible en nuestras manos este factum para hacer algo con ello. Tanto el arte como la lucha política e ideológica son salidas posibles al encierro inmunizador burgués, sin embargo, no siempre los psicoanalistas están al tanto.

Entonces frente a la pregunta ¿quién cree en el psicoanálisis? Podríamos responder que no se trata de creer… ni de reventar, sino de pensar. No se trata de “el cielo que me tienes prometido” ni del “infierno tan temido” sino de la implacable y minuciosa, de la peligrosa y refrescante, de la corrosiva y liberadora labor de la pregunta. No se trata de poner en juego “las cuestiones de la fe” sino de no cejar en la pregunta por el por qué.

Bibliografía

Alemán, Jorge. Soledad: común. Políticas en Lacan. Capital Intelectual. Buenos Aires. 2012.

Lacan, Jacques. El triunfo de la religión. Paidós. Buenos Aires. 2005.

Burbery, Muriel. La elegancia del erizo. Seix Barral. Madrid. 2007.



[1] Erizo (Le hérisson), dirigida por Mona Achache (2009) basado en el libro de Muriel Barbery La elegancia del erizo

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