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Mucho se ha escrito, hablado y reivindicado a propósito la crisis del trabajo social tal como los profesionales suelen vivirla cotidianamente y tal como psicólogos, sociólogos, politólogos suelen describirla. El ejercicio de estas profesiones esenciales está resultando cada vez más limitado, si no insostenible. Una propensión a la nostalgia se desarrolla en referencia a épocas en las que los márgenes de maniobra eran mucho más amplios.

Es precisamente esta nostalgia que debe ser cuestionada, fuente de feroces malentendidos e imposibilidades imaginarias. Entendemos: la complejidad contemporánea, la del neoliberalismo mundialmente triunfante, es innegable en términos de condiciones de trabajo, recursos y distribución de bienes y riquezas, sin olvidar las poblaciones que a menudo se enfrentan a callejones sin salida subjetivos y objetivos. Pero lo nuevo no es de ninguna manera esta complejidad sino las modalidades y alcances de la misma. Porque la complejidad es la naturaleza misma del trabajo social, de sus intervenciones, de lo que puede y no puede hacer. Es la razón de ser de las problemáticas à las que se enfrenta. En efecto, el trabajo social nunca ha dispuesto de todos los recursos humanos, profesionales y presupuestarios necesarios para un ejercicio que llamaríamos cabal. Los problemas de las poblaciones monitoreadas nunca han sido simples, banales, en una sola pieza, ni los resultados alcanzados plenamente satisfactorios. En resumen, la complejidad de hoy no se opone a la pseudo-simplicidad del pasado – pura invención retrospectiva. Son cada vez complejidades únicas que deben ser examinadas, aceptadas o combatidas.

¿Nada nuevo bajo el sol, entonces? ¡Seguro que sí! Las mutaciones de fondo y de forma en curso desde hace varias décadas hacen trastabillar varias representaciones sobre las supuestas funciones del trabajo social y el poder o la impotencia de sus intervenciones. Representaciones fantásticas, quiero decir: repletas de fantasmas, según las cuales el trabajo social sería competente para transformar el lugar de los individuos y grupos en el espectro social, para remediar la discriminaciones, injusticias y exclusiones que la división social del trabajo crea y recrea constantemente. ¡Representación bastante mítica del trabajo social que suplantaría la acción sindical y política! Ahora bien, ni hoy, explícitamente, ni ayer, de hecho, aunque poco admitido, el trabajo social es capaz de tal hazaña. ¡Porque no es el famoso ascensor social lo que actualmente está averiado sino la ilusión según la cual solo se elevaría! Muchos confunden el ascensor con un cohete interestelar y desconocen que se trata solo de una metáfora…

Tal es la verdadera crisis del trabajo social: las representaciones más o menos ilusorias a propósito de lo que se supone que el trabajo social hace o puede hacer chocan con la realidad de las prácticas efectivas. ¡Choque que hace tanto ruido, motiva tantos escritos, provoca tantos lamentos que hasta parece una realidad!

Emerge entonces la nostalgia de une época que fue, parece, más fácil y su notable resistencia a hacerse cargo de lo que está en juego hoy día: la necesidad de una revisión metódica de dichas representaciones a fin de diseñar un conocimiento tan riguroso como posible de las prácticas efectivas, de los poderes reales y de los límites precisos de la intervencion social. Importa definir estrategias y acciones relevantes. Ello requiere una rehabilitación del concepto esencial de ideología: conjunto no neutral de opiniones, actitudes, orientaciones, afectos, estilos de vida, preceptos con el cual y bajo el cual la gente vive, sufre, disfruta y finalmente muere. Es precisamente a este conjunto al que los trabajadores sociales se dedican cada día. Reside allí la pertinencia de su quehacer, la potencia y las fronteras de su trabajo. Dicho de otro modo, cuanto menos sabemos lo que significa ideología, menos entendemos de qué trata el trabajo social de hecho, su fuerza, su razón de ser, su utilidad para sus usuarios, para sus agentes y para la sociedad en su conjunto.

Dos ejes complementarios pueden conducir allí. Primero, dar a la psique su lugar de dimensión imprescindible, pero exactamente de la misma manera que la dimensión institucional, política, económica, sexual u otra. Aprender que ningún usuario del trabajo social está lidiando solo con cuestiones psicológicas, incluso cuando se le inflige un diagnóstico psiquiátrico severo. Segundo, dedicar tiempo y energía a un análisis de las prácticas poco o nada psicologizante. Recordar entonces que la supervisión representa una variante entre otras del análisis de prácticas. Precio a pagar para que la dura realidad contemporánea juegue, a su pesar, una función decapante e incluso estimulante.

Saül Karsz, Problematizar el trabajo social – definición, figure, clínica (Barcelona, Gedisa, 2007). www.pratiques-sociales.org (incluye un “espacio español”).

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